diumenge, 14 d’octubre de 2012

La Palabra de Dios: el umbral de la fe


La fe y la Palabra de Dios son dos realidades que están íntimamente interrelacionadas. Así lo ha señalado Benedicto XVI en la Carta apostólica Porta Fidei (La puerta de la fe: PF) con la que ha convocado el año de la fe, realidad que se ha inaugurado hace escasos días con el Sínodo de los Obispos sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana», haciéndolo coincidir con la celebración de los cincuenta años de la inauguración del Concilio Vaticano II.

«”La puerta de la fe” (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida» (PF 1).

La comunidad creyente es invitada a cruzar el umbral de la Palabra de Dios, a proclamarla, a compartirla… para entrar en la fe, en la vida de intimidad divina, en la comunidad eclesial que celebra esta fe, en dejarse transformar, en participar del auténtico camino de la felicidad. No podemos separar la fe de la Palabra de Dios que es su puerta de entrada, la que la alimenta, la que le da contenido. El año de la fe, el Sínodo, el aniversario del Concilio son tres efemérides, tres oportunidades que convergen y nos invitan a vivir con más intensidad nuestra fe, a aproximarnos con asiduidad a la Palabra de Dios, fundamento de esta fe.

Cada vez se hace más necesario, yo diría imprescindible, el que nuestra fe esté fundamentada en la Palabra de Dios. Esto sólo es posible si frecuentamos, diariamente, la lectura de la Biblia, si la convertimos en nuestra oración cotidiana, si la meditamos, si la estudiamos, si la compartimos comunitariamente…, si dejamos que llene nuestra mente y nuestro corazón.

«Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin» (PF 15).

Nuestra mente y nuestro corazón han de estar iluminados por la Palabra de Dios, para que se abran a la voluntad salvífica de Dios, a la vida auténtica, sin fin. La Sagrada Escritura es la luz que no se apaga, la que alumbra en todos los momentos de la vida, sobre todo en los más «oscuros». Y esto tiene que ver mucho con la fe, con el itinerario de la fe en nuestras vidas.

Y, también, la fe es una realidad llamada a ser compartida. De hecho, la «nueva evangelización» es el telón de fondo que el papa actual ha querido situar en todas estas celebraciones. El Sínodo está convocado bajo el lema «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana». Y en la Exhortación apostólica Verbum Domini ya señaló la estrecha relación entre nueva evangelización y nueva escucha de la Palabra de Dios, unión indisoluble en la vivencia de la fe: «nuestro tiempo ha de ser cada día más el de una nueva escucha de la Palabra de Dios y de una nueva evangelización» (VD 122).

El año de la fe, junto con el Sínodo y la celebración de los cincuenta años del Vaticano II son una nueva oportunidad para poner al día los fundamentos de lo que creemos, de lo que celebramos, de lo que vivimos, y la Palabra de Dios es la puerta de acceso a ello.

Javier Velasco Arias

dijous, 21 de juny de 2012

La ciudad bíblica de Belén

El descubrimiento arqueológico de un sello de arcilla, de 1,5 centímetros, con la inscripción Bat Lejem (nombre de la ciudad de Belén, escrito en paleohebreo) y datado en los siglos VII u VIII a.C., es una excelente noticia tanto desde el punto de vista científico y arqueológico como bíblico. El hallazgo nos lleva al periodo en que dicha ciudad es citada en la Biblia Hebrea (el Antiguo Testamento cristiano) como parte del reino de Judá y conocida como la época del primer Templo (1006-586 a.C.).

Su encuentro, por parte de un equipo de la Autoridad de Antigüedades de Israel, dirigidas por Eli Shukron, en el poblado de Silwán, en la Jerusalén Este, ha sido posible gracias a un sistema de filtrado, donde la tierra se lava para detectar objetos pequeños que por otros medios son indetectables. Se trata de un sello usado para sellar documentos u objetos, con una finalidad fiscal.

Belén, cuyo nombre en hebreo significa «casa del pan», aparecerá en la Biblia como el lugar donde fue enterrada la matriarca Raquel, esposa de Jacob y madre de José y Benjamín (Gn 35,19; 48,17). Y entrará en la historia de la genealogía davídica con la narración del libro bíblico de Rut, donde se cuenta la historia de una mujer moabita que después de muchas vicisitudes acompañará a su suegra Noemí (ambas viudas) desde Moab hasta Belén, y después de trabajar duramente recogiendo las espigas que se dejan los espigadores de la casa de Booz, se casará con él; ambos son presentados en las Escrituras judías como los bisabuelos del rey David. Es una narración preciosa desde un punto de vista literario y muestra como también los extranjeros, en este caso una mujer, pueden formar parte de la historia de Israel y del plan salvífico divino.

Aunque la entrada por la puerta grande de la Biblia Hebrea vendrá de la mano de la historia del rey David, cuyo origen se sitúa en la ciudad de Belén (1Sam 16,4-13). El profeta Samuel es enviado por Dios a Belén, donde ungirá a David, el menor de los hijos de Jesé, como rey de Israel.

Más tarde el profeta Miqueas (s. VIII a.C.) después de profetizar duramente contra la injusticia social y de las consecuencias desastrosas que esa forma de vivir acarreará, anuncia un futuro mejor, una paz posible. Parte del texto de esperanza será citado posteriormente por el evangelio mateano (Mt 2,6) y será interpretado desde una perspectiva mesiánica, que se inicia en Belén:

Pero tú, Belén Efratá, aunque eres pequeña entre los clanes de Judá, de ti me ha de salir el que ha de gobernar en Israel. Sus orígenes vienen de antaño, de tiempos lejanos (Miq 5,1)

Ya en el Nuevo Testamento aparecerá Belén como el lugar del nacimiento de Jesús; será en los llamados «relatos de la infancia», que encontramos en los evangelios de Mateo y Lucas: Mt 2,1-8 y Lc 2,1-7. Ambos autores, utilizando fuentes de información diferentes, nos aportarán en sus obras el mismo dato.

Desde entonces la ciudad de Belén, próxima a Jerusalén, se ha convertido en un lugar privilegiado de peregrinaje cristiano, para visitar el lugar del nacimiento de Jesús y, también, para conocer toda la historia bíblica tan intensa de este lugar que ahora la arqueología nos ha permitido datar con una antigüedad muy próxima a los relatos bíblicos más antiguos.

Javier Velasco-Arias